Una terapia de caballo en la abrumada isla de Cuba

 Una terapia de caballo en la abrumada isla de Cuba

Economía en crisis terminal, un ajuste ortodoxo durísimo, un futuro cancelado, trasfondos del regreso multiplicado de los balseros cubanos.

Mientras el resto de América Latina acomoda su política, en muchos casos en medio de traumas significativos, sería conveniente observar con atención a Cuba. Por debajo de relatos y leyendas la isla antillana está mutando con enorme desorden a un extremo pragmatismo económico atrapada por necesidades elementales que no pueden satisfacerse. La razón de la reaparición multiplicada de los balseros.

No es el único sitio en la región donde realismo y carencias desplazan dogmas y consignas, pero el caso cubano es excepcional por la propia excepcionalidad que ha rodeado al país y los retazos que aún busca exhibir de su difunto valor simbólico.

Un capitulo central de esos cambios acaba de constituirse con la reciente decisión de la nomenklatura cubana de levantar la prohibición para la compra de dólares. Hay un límite para la cantidad a adquirir, pero el valor de la moneda norteamericana será el que fije el mercado, de 120 pesos por unidad, muy por encima de los 24 pesos que establece la autoridad monetaria.

Desde ya que este permiso disparará la paridad debido a la urgencia de los cubanos para adquirir la divisa norteamericana que es prácticamente el único instrumento con que cuentan para poder llenar su canasta alimenticia. Pero aun asi es privilegio de unos pocos.

Este movimiento, que es semejante a la dolarización que puso en marcha la dictadura venezolana para escapar de su propia crisis, es un eslabón central de una cadena que comenzó a anudarse en enero del año pasado cuando La Habana unificó sus dos monedas. Urgida de divisas, buscaba hacer más interesante a la isla para los inversionistas internacionales, centralmente los norteamericanos.

Esperanza fallida en Biden

Raúl Castro, el hermano menor del fallecido Fidel, a cargo entonces del gobierno y del Partido Comunista, suponía que la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca revertiría el congelamiento que impuso el gobierno de Donald Trump contra las políticas de acercamiento que llevó adelante Barack Obama, el jefe demócrata del actual presidente. 

No sucedió. Biden ha seguido muchas de las políticas exteriores de su predecesor nacionalista, especialmente en este caso para evitar la reacción furibunda de la diáspora cubana en Florida, un estado central en las elecciones de medio término de noviembre próximo.

Los ancianos de esa comunidad, no tanto sus herederos, creen que el líder demócrata es un quinta columna izquierdista como aburridamente le espeta todo el tiempo Trump. Pero, adicionalmente, están convencidos de que la mejor manera de lidiar con la dictadura cubana es cerrándole todos los caminos de crecimiento y apostar a una rebelión.

Obama, más astuto, aunque no podía levantar el absurdo bloqueo que rige desde hace más de medio siglo contra la isla porque es una atribución del Capitolio, entendía que si abría ventanas para el comercio y el turismo esquivando aquellas regulaciones, la isla inevitablemente ingresaría en un debate político interno.

Había señales en ese sentido. Una protoclase media había comenzado a surgir con micro y medianas empresas privadas a partir del descongelamiento del vínculo binacional que incluyó aperturas comerciales, aéreas y navales, desde y hacia EE.UU.

Se trató de un giro módico de mercado bajo el título de “Adecuación” pero que, con la excepción del menor de los Castro, espantó a la vieja dirigencia cubana que rechazaba que la isla imitara las experiencias capitalistas de los modelos comunistas asiáticos.

De ahí que la cancelación de todo ese proceso por parte de Trump fue celebrado tanto por los halcones de su partido en Florida como por sus colegas cubanos de la gerontocracia.

Entre ellos, el mítico Ramiro Valdez, un duro rival del hermano de Fidel, que tuvo en el venezolano Hugo Chávez y su diplomacia petrolera un aliado central para impedir “deformaciones capitalistas” en la isla antillana. Valdez, que el pasado 26 de abril cumplió 90 años, como muchos de la antigua dirigencia stalinista burocratizada se abraza al status quo para proteger sus privilegios.

Lo cierto es que además de la frustración por el desinterés norteamericano, la unificación monetaria convertida en la primera devaluación en la historia de la Revolución, disparó un alza extraordinaria de hasta tres dígitos del costo de vida, que vació las billeteras ya magras de los cubanos.

Ese ajuste de fuerte raíz ortodoxa, promovió las enormes marchas de julio de 2021, sin precedentes desde la caída del aliado soviético. Con la gente reclamando en las calles de medio país contra la crisis económica y demandando libertad y democracia con la consigna “patria o vida” como herramienta para resolver esas necesidades.

El régimen, como es sabido, redujo esas protestas a un intento de golpe de EE.UU. Un argumento torpe para escamotear las razones de la irritación popular, agregando un castigo descomunal para muchos de los manifestantes que a esos niveles no se vió ni en Chile, Colombia, Ecuador o en otras fronteras donde se multiplicaron movilizaciones populares por parecidos motivos.

Pero, al margen de la represión, el río interno no dejó de correr, también para el régimen. La dolarización de Cuba es un reconocimiento tardío, doloroso y desesperado tanto sobre la profundidad de la crisis como de la desorientación del régimen, que esas marchas habían hecho evidentes.

Un efecto de ese callejón es el récord en lo que va del año de 5.006 balseros buscando llegar a las costas norteamericanas detectados por las autoridades de EE.UU. O las enormes columnas que lo intentan por tierra subiendo desde Nicaragua.

El ajuste

“Fue una terapia de caballo para los cubanos”, había resumido el prestigioso economista cubano radicado en Estados Unidos, Carmelo Mesa Lago sobre las políticas aplicadas por el régimen. Observaba además, que al dolarizar la economía, al igual que en el caso del chavismo, el castrismo exponía su propia desconfianza en el peso y en su programa de reformas.

La última medida sobre la divisa norteamericana resuelta en agosto pasado siguió a otra disposición anunciada también ese mes que autoriza la operación de empresas mixtas de capital extranjero en el comercio minorista. Pero completamente privadas para el rubro mayorista. Otro paso contra la centralización del Estado y facilitar inversiones.

En realidad un blanqueo del mercado negro frente al desabastecimiento que experimenta el país y que enardece a la población.

Los funcionarios gubernamentales, entre ellos la viceministra de Comercio Exterior, Ana Teresita González, reconocieron que esta estrategia, toda una transgresión para la santidad dogmática del comunismo isleño, busca mejorar las ofertas en las tiendas MLC, siglas de Moneda Libremente Convertible. Es decir solo con dólares.

En la historia de la Revolución, los cubanos han contado con una libreta de abastecimiento o racionamiento que se entrega a cada ciudadano desde su nacimiento, resabio del modelo soviético stalinista. Esa libreta, que Raúl Castro buscó archivar hace tiempo detrás de sus ideas del estímulo a la eficiencia, otorgaba ciertos alimentos y productos de aseo a un costo subsidiado por el Estado.

Pero ese dispositivo fue secándose bajo el calor intenso de la crisis, agudizado exponencialmente por la epidemia de coronavirus que cesó el flujo de turistas, la principal máquina de divisas del país. De modo que se amplificó en la isla la actividad de estas tiendas MLC, que son unos negocios estatales muy precarios con los que el régimen busca arrebatar las divisas a los ciudadanos.

Todo el mecanismo tiene un costo significativo de desigualdad. Apenas aquellos con parientes generosos del otro lado del mar, en EE.UU., cuentan con divisas que les envían en las remesas, un dispositivo que Biden al menos ha flexibilizado aliviando el bloqueo que también ahí había impuesto el inefable Trump.

Esos envíos sumaban alrededor de 2 mil millones de dólares anuales en 2019, pero se desplomaron en los años siguientes. Quienes no pueden depender de esa alternativa, caen en manos del extendido mercado negro, que el régimen, desde hace tiempo, ha dejado en libertad para atajar las necesidades de la gente.

Pero los precios en ese sector “libre” son tan desmesuradamente altos que un funcionario jerarquizado como un juez debe dejar su sueldo de un mes si quiere premiarse con una horma de queso. Pesadilla cubana.

Editor Diario Santiago

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