En medio de cuestionamientos al manejo comunicacional y caída en las encuestas, el Ejecutivo decidió ampliar las vocerías ministeriales y reforzar el despliegue presidencial, evidenciando ajustes internos para recuperar control del relato político.
El Gobierno atraviesa una fase de corrección interna en su estrategia comunicacional. Tras semanas marcadas por desorden en la agenda pública y caída en encuestas, el llamado Segundo Piso decidió soltar la rienda a los ministerios y ampliar el número de voceros sectoriales, en un intento por contener el desgaste político que afecta a la administración del Presidente José Antonio Kast.
La decisión refleja una realidad incómoda en Palacio: el modelo centralizado de comunicaciones no logró sostener el control del relato gubernamental durante el primer tramo del mandato.
Una vocería bajo presión
El ajuste ocurre en medio de cuestionamientos al desempeño de la ministra vocera Mara Sedini, cuya exposición pública ha sido limitada mientras aumentaba el protagonismo de otras carteras.
Paralelamente, ministros como Jorge Quiroz (Hacienda), José García Ruminot (Segpres) y Claudio Alvarado (Interior) asumieron mayor presencia mediática, muchas veces reaccionando directamente a la contingencia política.
El diagnóstico interno fue claro: la agenda avanzaba más rápido que la capacidad de coordinación comunicacional.
El Presidente entra a primera línea
Ante el escenario adverso, el propio Mandatario decidió reforzar su despliegue público mediante la iniciativa “Presidente Presente”, un formato de diálogos ciudadanos que busca restablecer conexión directa con la población en medio de la baja aprobación presidencial.
La apuesta responde a una lectura compartida entre analistas políticos: cuando el aparato comunicacional pierde eficacia, el liderazgo presidencial suele transformarse en el principal activo narrativo del Gobierno.
“El Presidente Kast es su mejor vocero”, comentan observadores del oficialismo.
Ministros al ruedo y vocerías sectoriales
El viraje comunicacional también se reflejó en el Congreso, donde 23 secretarios de Estado fueron citados a distintas comisiones parlamentarias. Llamó la atención que la única ausencia fuera precisamente la de la ministra Sedini.
En paralelo, varias figuras del gabinete intensificaron su presencia mediática:
- Fernando Rabat, desde Justicia.
- María Jesús Wulf, abordando políticas sociales.
- Louis de Grange, respondiendo a la agenda de transporte.
- María Paz Arzola, tras presentar el proyecto contra la violencia escolar.
- Ximena Lincolao, luego de la agresión sufrida en la Universidad Austral.
La estrategia fue evidente: diversificar rostros para recuperar presencia pública y reducir la presión concentrada en la Segegob.
El protocolo que no resistió la realidad
El diseño original del director estratégico de Comunicación y Contenidos de Presidencia, Cristián Valenzuela, apostaba por un control centralizado del relato político.
El llamado “protocolo de comunicaciones” establecía que toda entrevista, declaración o pauta debía contar con autorización previa de la Secretaría de Comunicaciones (SECOM).
La práctica demostró lo contrario.
Con una agenda política acelerada y múltiples crisis simultáneas, el modelo resultó impracticable. El Ejecutivo terminó optando por flexibilizar el esquema y permitir mayor autonomía ministerial.
Blindaje político y señales internas
Desde Palacio aseguran que no existe un cambio de rumbo estratégico, sino una adaptación natural al desarrollo del Gobierno. Sin embargo, durante la última semana el blindaje político hacia la vocera ha sido evidente: menor exposición directa y mayor despliegue territorial del gabinete.
Consultada por su posición en rankings de evaluación ministerial, Sedini respondió que al Gobierno “no lo mueven las encuestas”.
Pero puertas adentro, el mensaje parece distinto.
El bajo rendimiento comunicacional ya provocó ajustes operativos y redefiniciones tácticas en La Moneda, confirmando que el verdadero desafío del Ejecutivo no solo pasa por gobernar, sino por lograr explicar —y ordenar— su propio relato político.
Porque en política, cuando la comunicación entra en crisis, el problema rara vez es solo comunicacional.

