El Gobierno negocia voto a voto para aprobar el Plan de Reconstrucción Nacional en una Cámara sin mayorías claras y con parlamentarios bisagra decisivos.
Sin mayoría asegurada y con el reloj legislativo corriendo hacia septiembre, el Plan de Reconstrucción Nacional del Gobierno enfrenta su prueba política más compleja: convencer voto a voto en una Cámara donde el equilibrio es frágil y cada diputado puede cambiar el destino del proyecto.
El ingreso del Plan de Reconstrucción Nacional impulsado por el presidente José Antonio Kast abrió una nueva fase en la disputa legislativa: menos discursos públicos y más negociación silenciosa.
La aritmética parlamentaria es estrecha. El oficialismo y sus aliados libertarios alcanzan cerca de 76 votos, mientras la oposición, junto a la Democracia Cristiana y el Partido de la Gente, suma alrededor de 79 respaldos. El margen obliga a una estrategia clásica del Congreso chileno: pirquineo fino.
La sala de máquinas entra en acción
En La Moneda, la coordinación política quedó en manos del ministro Claudio Alvarado y del titular de Interior José García Ruminot, quienes activaron negociaciones directas con parlamentarios clave.
El método ya tuvo resultados cuando lograron ordenar apoyos para elegir como presidente de la Cámara a Jorge Alessandri.
Pero ahora el desafío es mayor: aprobar una reforma estructural bajo presión política, económica y de plazos.
El objetivo inmediato es consolidar un piso oficialista cercano a 68 votos seguros, reforzado por vocerías económicas que buscan instalar el relato de estabilidad y crecimiento.
El PDG: la bancada impredecible
El Partido de la Gente aparece como el principal territorio en disputa.
El liderazgo de Franco Parisi recomendó rechazar la iniciativa, calificándola como un proyecto apresurado. Sin embargo, el escenario interno del partido dista de ser uniforme.
El jefe de bancada Juan Marcelo Valenzuela mantiene canales abiertos con el Gobierno, mientras el diputado Javier Olivares dejó margen para negociar al reconocer que existen medidas “rescatables”.
A ello se suma el factor impredecible: Cristián Contreras, conocido como “Dr. File”, quien evalúa movimientos políticos sin alinearse completamente con ninguna bancada.
Independientes y DC: votos bisagra
El segundo frente estratégico se ubica entre independientes y parlamentarios democratacristianos que han demostrado autonomía en votaciones recientes.
El diputado Felipe Camaño, pese a haber respaldado acuerdos anteriores con el oficialismo, hoy marca distancia del proyecto.
Por su parte, Jaime Mulet fijó una línea roja clara: rechazar cualquier reducción del impuesto corporativo incluida en la reforma.
En paralelo, el independiente René Alinco permanece bajo observación del Ejecutivo, que no descarta intentar sumar su voto en etapas decisivas.
Oficialismo ampliado: apoyos sin disciplina total
Incluso dentro del bloque más cercano al Gobierno persisten incertidumbres.
La diputada libertaria Vanessa Kaiser ha mostrado independencia en votaciones clave, mientras el senador independiente Alejandro Kusanovic mantiene distancia política tras competir por la presidencia del Senado.
El panorama confirma que la aprobación no dependerá únicamente del oficialismo, sino de acuerdos transversales y negociaciones individuales.
Más que aprobar: legitimar
Con la Cámara en equilibrio inestable, la discusión se traslada desde el hemiciclo hacia los pasillos del Congreso.
El Gobierno no solo necesita aprobar el plan: requiere otorgarle legitimidad política y señal de estabilidad hacia inversionistas y mercados.
En este escenario, cada voto cuenta.
Y la “megarreforma” dejó de ser solo un proyecto legislativo para transformarse en una prueba directa de gobernabilidad.
Porque, en política parlamentaria, las grandes reformas rara vez se ganan en bloque: se construyen uno a uno.

