El decano de Arquitectura de la Universidad del Desarrollo, Pablo Allard, identificó tres factores que habrían contribuido al aluvión en Quebrada Honda: la pérdida de vegetación tras el incendio de enero, las altas temperaturas durante las precipitaciones y la capacidad limitada de los colectores de aguas lluvias frente a eventos extremos.
El aluvión que afectó este jueves al sector de San Carlos de Apoquindo, en Las Condes, dejó vehículos arrastrados por una violenta corriente de agua y barro, además de daños y dificultades de desplazamiento. El fenómeno volvió a poner en evidencia los riesgos que enfrenta esta zona del piedemonte cordillerano ante episodios de precipitaciones intensas.
Según explicó a The Clinic el decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad del Desarrollo (UDD), Pablo Allard, la emergencia se produjo por la combinación de factores naturales y urbanos, con especial atención a los efectos del incendio registrado en los cerros del sector durante enero.
El académico también recordó que en febrero se registró otro episodio de intensas lluvias y aluviones en la misma zona, lo que refuerza las interrogantes sobre la capacidad de respuesta del territorio ante eventos meteorológicos extremos.
Una quebrada entubada que puede desbordarse
Allard explicó que en Quebrada Honda confluyen varias quebradas provenientes del macizo cordillerano. Sus aguas son conducidas por un parque, en un sector flanqueado por las calles General Blanche y Del Parque.
El problema aparece cuando el cauce llega a Francisco Bulnes Correa, donde ingresa a un ducto subterráneo que continúa bajo una vía denominada también Quebrada Honda.
De acuerdo con el especialista, cuando el volumen de agua supera la capacidad de conducción de la quebrada y del colector, el flujo puede desbordarse y avanzar por la superficie, arrastrando sedimentos y otros materiales.
El académico advirtió que los colectores urbanos de aguas lluvias se diseñan considerando determinados escenarios hidrológicos, pero pueden resultar insuficientes ante precipitaciones de intensidad excepcional.
“Cuando hay eventos extremos y se reciben altas cantidades de agua que ni la quebrada ni el ducto son capaces de contener, se desbordan hacia el exterior”, explicó.
El incendio de enero dejó el terreno expuesto a la erosión
Uno de los factores que Allard considera centrales es el incendio que afectó los cerros del sector durante enero. La pérdida de vegetación habría reducido la capacidad del suelo para resistir la erosión provocada por el agua.
Sin esa cobertura vegetal, las lluvias pueden desprender y arrastrar tierra, rocas y otros materiales hacia las zonas bajas. El resultado puede ser una corriente de barro de gran volumen y velocidad, con consecuencias para calles, viviendas e infraestructura.
“Todo ese terreno quedó expuesto a erosión: el agua escurre y arrastra la tierra y va generando no un cauce de agua controlado, sino que un aluvión de barro”, señaló el decano.
El material arrastrado también puede acumularse en los cauces y obstruirlos, agravando los desbordes y aumentando el potencial de daños.
La isoterma cero elevada habría aumentado el volumen de agua
El segundo factor meteorológico destacado por el especialista es la altura de la isoterma cero, que corresponde al nivel atmosférico donde la temperatura alcanza los cero grados y que influye en la distribución de lluvia y nieve en la cordillera.
Según Allard, las precipitaciones se habrían registrado con temperaturas superiores a las esperadas. Como existía nieve acumulada, una isoterma cero elevada pudo favorecer que una mayor cantidad de agua llegara al sistema de quebradas en un periodo acotado.
La combinación de lluvia intensa, aporte de agua desde sectores cordilleranos y suelo expuesto a la erosión habría incrementado la presión sobre los cauces y colectores de la zona.
No obstante, la determinación precisa del peso de cada factor requiere antecedentes técnicos y una evaluación de las condiciones registradas durante la emergencia.
Cambio climático y planificación urbana bajo escrutinio
Allard vinculó estos episodios con el cambio climático, al señalar que tanto los incendios como las precipitaciones intensas pueden verse influidos por las alteraciones de las condiciones ambientales.
El especialista planteó que el incendio de enero y los episodios de lluvias de febrero y octubre forman parte de un escenario que obliga a revisar cómo se planifican y preparan las ciudades frente a fenómenos extremos.
La emergencia en San Carlos de Apoquindo vuelve a poner sobre la mesa preguntas sobre la capacidad de los colectores de aguas lluvias, el manejo de las quebradas y las medidas preventivas en terrenos afectados por incendios.
Más allá de las condiciones meteorológicas, el desafío consiste en evaluar si la infraestructura existente puede responder a caudales excepcionales y qué intervenciones permitirían reducir la exposición de las personas y los bienes ante nuevos aluviones.

