Médicos de la Sociedad Chilena de Medicina de Urgencia participaron en distintas etapas de la emergencia y relevaron los desafíos que aparecen cuando la atención pasa de los pacientes traumatizados a las enfermedades crónicas, infecciones y problemas derivados de la infraestructura dañada.
La respuesta sanitaria tras un terremoto de gran magnitud no termina cuando disminuyen los rescates. Con el paso de los días, las necesidades de la población cambian y los sistemas de salud deben enfrentar nuevos desafíos.
Esa evolución pudieron observar directamente dos médicos urgenciólogos chilenos, integrantes de la Sociedad Chilena de Medicina de Urgencia (SOCHIMU), quienes participaron en distintas etapas de la emergencia provocada por el terremoto que afectó a Venezuela el pasado 24 de junio.
El sismo, de magnitud 7,2 y 7,5 según los antecedentes entregados en el marco de la emergencia, dejó miles de personas fallecidas, heridas y damnificadas, además de importantes daños en infraestructura sanitaria.
A un mes de la tragedia, el balance superaba los 5.300 fallecidos, 16.740 heridos y 17.900 personas que habían perdido sus viviendas. En paralelo, más de 22 mil pacientes habían sido atendidos por Equipos Médicos de Emergencia.
En este escenario, los doctores Ángel Sánchez y Luis Enberg pudieron conocer de primera mano cómo evolucionan las necesidades sanitarias después de una catástrofe y qué lecciones podrían ser útiles para fortalecer la preparación de Chile.
La atención sanitaria después de la primera emergencia
El primero en llegar fue el Dr. Ángel Sánchez, coordinador académico del programa de Medicina de Urgencia de la Universidad Diego Portales e integrante de SOCHIMU.
El especialista arribó a Venezuela ocho días después del terremoto y se trasladó hasta La Guaira, específicamente a Caraballeda, una de las zonas más afectadas.
En el lugar funcionaba un hospital de campaña con participación de equipos médicos provenientes de Alemania, Italia y Venezuela.
Sánchez explica que, transcurridos varios días desde el desastre, el perfil de los pacientes comienza a cambiar.
“En ese punto ya las patologías que vas a ver son patologías crónicas agudizadas”, señala.
Durante las primeras horas de una catástrofe suelen concentrarse las lesiones traumáticas, los politraumatismos, los síndromes de aplastamiento y otras consecuencias directamente relacionadas con el evento.
Sin embargo, posteriormente aparecen pacientes con enfermedades que requieren tratamiento permanente y que, debido a la emergencia, han quedado sin sus medicamentos habituales.
En los campamentos y zonas de refugio donde trabajó el médico chileno se encontraron personas hipertensas y diabéticas que habían interrumpido sus tratamientos.
También se registraron exacerbaciones de enfermedades respiratorias asociadas al polvo generado por los edificios y caminos dañados, además de cuadros gastrointestinales relacionados con las dificultades para acceder a agua potable y conservar adecuadamente los alimentos.
Una reanimación coordinada entre tres países
Uno de los casos que más marcó la experiencia de Sánchez fue el de un paciente con parálisis cerebral infantil y una grave condición respiratoria.
Su atención requirió la coordinación simultánea de profesionales de Italia, Alemania y Venezuela.
Ante la falta de determinados dispositivos e insumos, los equipos debieron compartir recursos y conocimientos para estabilizar al paciente y posteriormente gestionar su traslado en helicóptero hasta un hospital de Caracas.
“Fue una reanimación en conjunto entre el equipo de Alemania, el equipo de Italia y el equipo de Venezuela”, recuerda Sánchez.
La experiencia evidenció la importancia de la coordinación internacional cuando los sistemas sanitarios locales se encuentran sometidos a una presión extraordinaria.
También permitió observar cómo distintos equipos pueden complementar sus capacidades y recursos para responder frente a pacientes complejos en condiciones adversas.
De la emergencia a la reconstrucción hospitalaria
Semanas después, la experiencia fue observada desde otra perspectiva por el Dr. Luis Enberg, urgenciólogo del Hospital Clínico UC Christus, presidente de la Federación Latinoamericana de Medicina de Emergencia (FLAME) y past president de SOCHIMU.
Enberg viajó a La Guaira y Caracas entre el 14 y el 23 de agosto, como integrante de una delegación de profesores de la Universidad Católica enviada por la Cancillería de Chile, en coordinación con el Gobierno de Venezuela.
A diferencia de la primera etapa observada por Sánchez, su visita se produjo cuando la emergencia comenzaba a concentrarse en la recuperación y reconstrucción del sistema sanitario.
“Son hospitales antiguos que han requerido reparaciones. Algunos tuvieron daños estructurales y no están en funcionamiento”, explica.
La situación ha obligado a reorganizar la atención y derivación de pacientes. Entre ellos se encuentran personas con patologías oncológicas que deben ser trasladadas desde La Guaira hacia Caracas debido a las limitaciones existentes en algunos centros asistenciales.
A los problemas estructurales se suma el deterioro o antigüedad de parte del equipamiento médico.
Escáneres y equipos de rayos se encuentran entre los dispositivos que han requerido reparaciones o reemplazos, dificultando en algunos casos la capacidad diagnóstica de los establecimientos.
Nuevos riesgos sanitarios tras el terremoto
Aunque los medicamentos e insumos médicos han estado disponibles gracias a la ayuda nacional e internacional, todavía persisten distintos riesgos sanitarios.
Los servicios de urgencia mantienen una elevada demanda, particularmente asociada a cuadros infecciosos.
En los albergues, en tanto, se identifican factores de riesgo vinculados con el hacinamiento, las aguas estancadas y la proliferación de mosquitos.
A esto se suma la exposición permanente al polvo en suspensión, que puede incrementar los problemas respiratorios entre las personas afectadas.
Para Enberg, esta experiencia demuestra que la medicina de urgencia cumple una función que va mucho más allá de atender a quienes resultan lesionados inmediatamente después de una catástrofe.
“La medicina de urgencia tiene un rol bien relevante en las catástrofes, principalmente porque se producen múltiples víctimas y se requiere hacer una adecuada categorización de los pacientes y nosotros estamos capacitados para eso”, afirma.
Las lecciones que Venezuela deja para Chile
Chile posee una amplia experiencia en la respuesta frente a terremotos, incendios forestales, inundaciones y otros desastres naturales.
Sin embargo, ambos especialistas consideran que participar en emergencias internacionales permite identificar nuevas oportunidades para fortalecer los sistemas nacionales de respuesta.
Para Sánchez, la experiencia permitió conocer directamente cómo se organiza una zona afectada por un desastre, cómo funcionan los equipos médicos internacionales y de qué manera se coordinan los recursos disponibles.
El desafío, plantea, es trasladar ese aprendizaje a los equipos que forman parte de la respuesta ante catástrofes en Chile.
Enberg apunta, además, a la necesidad de fortalecer los planes hospitalarios destinados a enfrentar evacuaciones y situaciones con múltiples víctimas.
También considera necesario avanzar hacia un repositorio de buenas prácticas y protocolos que permita compartir experiencias entre los distintos centros asistenciales del país.
“Es necesario capacitar a más equipos de urgencia y educar a la población sobre cuándo acudir o no a los servicios de salud, evitando su sobresaturación”, advierte.
Una emergencia que continúa después del desastre
Desde SOCHIMU destacan que la experiencia de ambos profesionales demuestra que la respuesta sanitaria frente a una catástrofe debe mantenerse durante todas sus etapas.
La primera fase puede estar marcada por los traumatismos y las lesiones graves. Luego aparecen las enfermedades crónicas sin tratamiento, los problemas respiratorios, las infecciones y los riesgos asociados a las condiciones de vida de las personas damnificadas.
Finalmente, la recuperación obliga a enfrentar la reparación de hospitales, la reposición de equipamiento y la reorganización de los servicios de salud.
La experiencia venezolana deja, de esta manera, una conclusión que trasciende las fronteras: una emergencia sanitaria no termina cuando deja de moverse el suelo.
Cambian los riesgos, cambian las necesidades de la población y, por lo mismo, también debe evolucionar la respuesta de los equipos de salud.

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