Con apoyo de INDAP, más de 4.000 viñateros de la Agricultura Familiar Campesina han modernizado sus procesos, diversificado su producción y abierto nuevas oportunidades comerciales para vinos con identidad territorial y cepas patrimoniales.
Las viñas campesinas viven un proceso de transformación. Con inversión, asistencia técnica y nuevas estrategias de comercialización, pequeños productores de distintas regiones de Chile han modernizado sus procesos y logrado posicionar sus vinos más allá de los mercados locales.
Uno de los ejemplos más destacados ocurrió en 2023, cuando la Empresa Asociativa Campesina Moscin, de Coelemu, Ñuble, concretó la exportación de 4.000 botellas de Moscatel de Alejandría a Suecia.
La cooperativa, integrada por 14 pequeños productores de Guarilihue, consiguió llevar sus vinos hasta el mercado europeo. La experiencia incluso fue difundida por un programa especializado de vinos de la televisión sueca.
El envío representó un hito para la internacionalización de los vinos campesinos y las cepas patrimoniales del Valle del Itata, territorio históricamente vinculado a la producción familiar.
Más de 4.000 viñateros recibieron apoyo durante 2025
La experiencia de Ñuble forma parte de un proceso que se viene desarrollando desde hace casi dos décadas.
Durante 2025, más de 4.000 viñateros de la Agricultura Familiar Campesina recibieron apoyo y asesoría de INDAP, dentro de una estrategia destinada a fortalecer la sostenibilidad del rubro, modernizar la vinificación y generar nuevas oportunidades comerciales.
El objetivo ya no se limita a aumentar la producción. También apunta a mejorar la calidad, incorporar tecnología y entregar herramientas que permitan a los pequeños productores competir en mercados cada vez más exigentes.
Cepas patrimoniales que sobreviven en los campos chilenos
La vitivinicultura chilena mantiene una estrecha relación con la agricultura familiar.
El 4 de septiembre de 1545, Pedro de Valdivia escribió al rey Carlos V para solicitar plantas de vid destinadas a la producción de vino en el territorio que posteriormente sería Chile.
Ese episodio forma parte de los antecedentes históricos que se recuerdan durante el Día Nacional del Vino, celebración que pone en valor una tradición vitivinícola desarrollada durante siglos.
En ese recorrido, cepas como País y Moscatel lograron mantenerse principalmente gracias al trabajo de pequeños productores y familias campesinas.
Posteriormente se incorporaron variedades de origen francés, como Cabernet Sauvignon, Merlot y Sauvignon Blanc, que actualmente también forman parte de la diversidad vitivinícola del sector.
El conocimiento transmitido entre generaciones continúa siendo un elemento central. A ello se suman nuevas técnicas de cultivo, elaboración y control de calidad.
Tecnología para mejorar la calidad de los vinos
La modernización se ha convertido en uno de los principales desafíos para las viñas campesinas.
Durante 2025, INDAP destinó $1.613 millones al rubro vitivinícola, recursos orientados a fortalecer las capacidades productivas y mejorar las condiciones de elaboración.
Entre las inversiones destacan cubas de acero inoxidable, sistemas de control de temperatura, laboratorios para asegurar la calidad y sistemas de riego eficiente.
Estas herramientas permiten avanzar desde métodos tradicionales hacia procesos de vinificación más controlados, sin abandonar la identidad asociada a cada territorio.
El acompañamiento técnico también ha incorporado a especialistas del sector. Entre ellos se encuentran los enólogos François Massoc, en Ñuble, y Arnaud Hereu, vinculado a viñas de O’Higgins y Maule.
Hereu ha destacado precisamente el potencial de los pequeños productores, resaltando la calidad de las uvas y el trabajo que existe detrás de cada viña campesina.
Una oferta que se extiende desde Arica hasta La Araucanía
El fenómeno no se concentra exclusivamente en el centro-sur del país.
Según antecedentes difundidos por INDAP, actualmente existen viñas familiares y campesinas que producen vinos y destilados desde el Valle de Codpa, en Arica y Parinacota, hasta el Valle de Cautín, en La Araucanía.
La mayor concentración se encuentra en Ñuble, con 1.995 productores, y Maule, con 808.
La producción también se ha diversificado. A los tradicionales Pajarete, vinos tintos, chicha y pipeño se han sumado nuevas propuestas como espumantes, rosé, sangría, gin y brandy.
Junto con ello, algunos emprendimientos han incorporado certificaciones y prácticas relacionadas con producción limpia, comercio justo, buen trato laboral y enoturismo.
Las fiestas de la vendimia también se han convertido en una herramienta para acercar directamente estos productos a los consumidores y fortalecer el vínculo entre territorio, producción y turismo.
Del mercado local a China y Estados Unidos
La búsqueda de nuevos mercados es otro de los cambios que experimenta el sector.
Giras técnicas, ruedas de negocios, plataformas de venta online y estrategias de exportación han permitido que productores campesinos exploren oportunidades fuera de sus zonas de origen.
Un ejemplo es el trabajo asociativo desarrollado por siete viñas de Ñuble, cuyos productos llegaron hasta China como parte de una estrategia de promoción comercial.
El grupo también proyecta ampliar su presencia hacia Estados Unidos, buscando convertir la asociatividad en una herramienta para enfrentar las dificultades que supone acceder individualmente a mercados internacionales.
En este proceso han participado programas de INDAP como Asociatividad Económica (PAE) y Gestor Comercial, orientados a fortalecer las capacidades empresariales y facilitar la conexión de los productores con nuevos compradores.
Las medallas que están cambiando la percepción del vino campesino
La transformación también comienza a reflejarse en concursos especializados.
Una de las principales vitrinas ha sido Catad’Or World Wine Awards, certamen que mantiene desde 2017 una alianza con INDAP para incorporar la producción campesina.
Desde entonces, 524 viñateros han presentado 1.071 etiquetas y obtenido 239 medallas.
Los resultados muestran una evolución significativa. Mientras en la primera participación se obtuvieron nueve medallas, en 2025 la cifra alcanzó 41 reconocimientos.
En la última edición, uno de los premios destacados recayó en el Doña Elita Cinsault 2025, de Viña Doña Elita de Ránquil.
Su productora, Lirta del Carmen Fierro, recordó durante la premiación la decisión que tomó hace una década para comenzar a elaborar sus propios vinos.
La razón, según relató, fue sencilla: estaba cansada de vender su producción de uva sin capturar el valor agregado de la vinificación.
Años después, el reconocimiento obtenido por su vino se convirtió en una señal del camino recorrido.
“Siento una alegría muy grande porque veo los resultados de mi esfuerzo con esta viña y esta bodega tan chicas”, expresó durante la ceremonia realizada en el Casino Monticello.
El desafío de llevar la identidad campesina al mundo
La evolución de las viñas campesinas muestra un cambio que va más allá de la incorporación de tecnología.
Los pequeños productores están buscando capturar mayor valor de su producción, fortalecer sus marcas y transformar variedades históricas en productos capaces de competir en mercados nacionales e internacionales.
En ese proceso, las cepas patrimoniales mantienen un papel central.
País, Moscatel y otras variedades tradicionales representan una parte de la historia vitivinícola chilena, mientras las nuevas generaciones de productores incorporan innovación, comercialización y conocimientos técnicos.
La experiencia de las viñas campesinas plantea así un desafío mayor: conservar la identidad de los territorios mientras sus vinos conquistan nuevos consumidores dentro y fuera de Chile.

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