La confusa Torre de Babel tras el Escudo de las Américas

El Gobierno chileno presenta el acuerdo como un mecanismo voluntario de cooperación contra el crimen organizado. Sin embargo, el documento conjunto firmado por los 15 países incorpora coordinación económica, posiciones comunes en organismos multilaterales y una eventual activación del TIAR. Las diferencias entre el texto oficial, el relato de Cancillería y la explicación pública del acuerdo abrieron un debate sobre cuáles son realmente sus alcances.


Estuvieron en la misma reunión, suscribieron una declaración conjunta y posaron para las fotografías. Sin embargo, cuando se revisan los documentos y declaraciones que rodearon la adhesión de Chile al denominado Escudo de las Américas, aparece una dificultad que va mucho más allá de una diferencia semántica: no todos están describiendo exactamente el mismo acuerdo.

La Cancillería chilena presentó la incorporación como un “marco de coordinación voluntaria” destinado principalmente a combatir el crimen organizado transnacional, con intercambio de inteligencia, análisis de datos, capacitación para Carabineros y la PDI y mayor coordinación fronteriza. El comunicado oficial también remarcó que cada Estado actuará de acuerdo con sus respectivas obligaciones legales nacionales e internacionales.

Pero el documento conjunto suscrito por los 15 gobiernos plantea una agenda considerablemente más amplia. Allí aparecen tres pilares —economía, seguridad y coordinación multilateral— y se contempla profundizar la cooperación en materia de inversiones, minerales críticos, infraestructura digital y coordinación de posiciones comunes en foros regionales y multilaterales.

La primera diferencia está en una cifra

El detalle más llamativo aparece incluso antes de entrar al debate geopolítico. El Joint Statement identifica 24 organizaciones para la primera acción conjunta, mientras el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile difundió una lista de 25 organizaciones.

La diferencia puede explicarse por la forma en que fueron agrupadas algunas organizaciones. En el documento conjunto, por ejemplo, las disidencias de las FARC aparecen reunidas en un mismo punto, incluyendo al Estado Mayor Central, la Segunda Marquetalia y grupos sucesores. En cambio, la nómina difundida por Cancillería separa FARC-EP y Segunda Marquetalia, elevando el total a 25.

Por eso, más que afirmar que ambos gobiernos poseen necesariamente listas distintas, lo que sí resulta verificable es que los documentos oficiales utilizan una numeración diferente para identificar las organizaciones comprendidas por la iniciativa. Y en un acuerdo cuya primera acción conjunta consiste precisamente en aplicar medidas contra esos grupos, la precisión no es un detalle menor.

El Joint Statement establece que la primera acción contempla, según corresponda y de acuerdo con las obligaciones jurídicas de cada país, congelamiento de activos, restricciones migratorias y de visas y responsabilidad penal para quienes entreguen apoyo material o logístico a las organizaciones identificadas.

El TIAR aparece en el documento, pero no en el relato inicial

La diferencia más sustantiva aparece en otro punto. El documento conjunto establece que los participantes se proponen presentar una solicitud formal al presidente del Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos para convocar una reunión de consulta destinada a considerar la creación de un Órgano de Consulta conforme a los artículos 6 y 13 del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, conocido como TIAR o Tratado de Río.

El mismo texto señala que, una vez convocada esa instancia, los participantes buscarían considerar una resolución destinada a promover y facilitar acciones colectivas contra las organizaciones identificadas.

Ese elemento merece atención porque cambia la dimensión de la discusión. El acuerdo no se limita al intercambio policial o de inteligencia, sino que contempla un eventual mecanismo de coordinación colectiva dentro de la arquitectura interamericana existente.

Eso no significa que Chile haya quedado automáticamente obligado a una intervención militar ni que la firma de la declaración haya activado por sí sola el TIAR. De hecho, un análisis de AthenaLab sostiene que la declaración, por sí misma, no crea obligaciones jurídicas internacionales y que precisamente la eventual vía del Tratado de Río constituye el punto donde la coordinación voluntaria podría adquirir otra dimensión.

La diferencia, entonces, está entre lo que el documento deja proyectado y lo que la comunicación política del Gobierno puso inicialmente en primer plano.

Seguridad, inversiones y minerales críticos

La otra zona de debate se encuentra en la dimensión económica. El Escudo de las Américas no quedó circunscrito al combate contra las organizaciones criminales. La declaración conjunta incorpora también cooperación económica, revisión de inversiones, protección de cadenas de suministro de minerales críticos y criterios relacionados con proveedores de infraestructura digital.

Aquí aparece la discusión geopolítica que probablemente terminará acompañando a la iniciativa durante los próximos meses. Chile posee una posición estratégica en materias como cobre y litio, mientras Estados Unidos y China mantienen una competencia creciente por cadenas de suministro, tecnología e infraestructura considerada estratégica.

El texto, sin embargo, no establece por sí solo una prohibición general de inversiones provenientes de China ni dispone el cierre de los mercados chilenos a capitales de ese país. Lo que sí contempla es profundizar la cooperación en inversiones y abordar mecanismos vinculados a la seguridad de las cadenas de suministro y a la infraestructura digital.

La discusión política surge precisamente a partir de cómo se interpreten esas disposiciones. Para el Gobierno chileno, el énfasis está puesto en la cooperación y en la seguridad frente al crimen organizado. Para sus críticos, la amplitud del documento muestra que la iniciativa también forma parte de una arquitectura estratégica impulsada desde Washington.

¿Coordinación voluntaria o alineamiento internacional?

Aquí aparece el principal nudo político del acuerdo. La declaración conjunta señala que los países participantes buscan “profundizar la cooperación” y la “consulta y coordinación de posiciones comunes” en foros regionales y multilaterales, al mismo tiempo que reafirma el respeto a la soberanía nacional y la autodeterminación.

La Cancillería chilena ha insistido en esa naturaleza voluntaria y en que cada Estado mantiene sus obligaciones legales. Esa interpretación permite al Gobierno presentar la incorporación como una herramienta práctica para enfrentar amenazas transnacionales sin modificar formalmente la autonomía de la política exterior chilena.

Pero la discusión no desaparece por denominar el mecanismo como voluntario. La pregunta relevante es hasta dónde llegará en la práctica esa coordinación: qué posiciones comunes se adoptarán, qué decisiones requerirán consultas entre los miembros y qué consecuencias tendrá una eventual activación de los mecanismos previstos en el documento.

Ahí es donde las fotografías, los discursos y las declaraciones políticas dejan de ser suficientes. El verdadero contenido del Escudo de las Américas comenzará a conocerse cuando sus mecanismos empiecen a operar y Chile tenga que definir concretamente qué decisiones está dispuesto a acompañar y cuáles no.

Una alianza que todavía debe explicar sus alcances

La adhesión de Chile convirtió al país en el decimoquinto integrante de esta iniciativa, junto con Estados Unidos, Argentina, Bolivia, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú y Trinidad y Tobago.

El Gobierno tiene argumentos para defender la decisión: el intercambio de inteligencia, la coordinación fronteriza y el acceso a capacidades de seguridad pueden ser herramientas relevantes frente a organizaciones criminales que operan más allá de las fronteras nacionales. Pero también existe un espacio legítimo para preguntar por los otros componentes de la declaración y por las consecuencias que podrían derivarse de ellos.

Porque el problema no está solamente en qué dice Chile que firmó, sino en qué dice exactamente el documento que firmaron los 15 gobiernos.

Y esa diferencia explica buena parte de la confusión posterior. Mientras desde Santiago se enfatiza una coordinación voluntaria para combatir el crimen organizado, el texto conjunto habla también de economía, inversiones, minerales críticos, infraestructura digital, posiciones comunes en organismos multilaterales y una eventual consulta bajo el TIAR.

Por ahora, no existe base suficiente para afirmar que Chile haya cedido su política exterior, quedado subordinado a Estados Unidos o asumido automáticamente obligaciones militares. Pero tampoco parece suficiente reducir el acuerdo a una simple cooperación policial cuando el propio documento incorpora materias que exceden ampliamente ese ámbito.

El Escudo de las Américas recién comienza su recorrido. Y la verdadera discusión para Chile no estará en las fotografías de Nueva York, sino en las próximas decisiones: qué compromisos se materializarán, cuáles serán voluntarios, cuáles requerirán nuevas decisiones jurídicas y hasta dónde llegará la coordinación política que hoy aparece descrita con distintos lenguajes según quién la explique.

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