La actriz que protagonizó “La Ola”, de Sebastián Lelio, debuta como directora teatral con una obra construida a partir de los recuerdos de su madre durante su infancia en dictadura. “Las voces de mi madre” aborda la memoria desde la mirada de una niña que creció en la casa de los patrones de su abuela, una trabajadora doméstica, y que fue testigo de un Chile que no alcanzaba a comprender.
A poco más de un año de protagonizar La Ola, de Sebastián Lelio, la actriz Daniela López, de 23 años, prepara un nuevo desafío en su carrera: el estreno de su primera obra como directora teatral. Se trata de Las voces de mi madre, montaje que nace desde una historia familiar y que reconstruye, desde la ficción y la memoria, las experiencias que su madre vivió durante su infancia y adolescencia en dictadura.
La obra tendrá su estreno este sábado 26 de septiembre en el Teatro del Puente y permanecerá en cartelera hasta el 11 de octubre. El montaje coincide además con la participación de López en Hijas Unikas, película de Alba Gaviraghi que será presentada en el Festival Internacional de Cine de Valdivia.
El elenco de la obra incluye, entre otros intérpretes, a Matías Catalán, protagonista de la premiada película La misteriosa mirada del flamenco.
Más que reconstruir directamente los acontecimientos políticos de la época, López decidió mirar ese período desde la experiencia cotidiana de una niña de 13 años que no comprendía completamente lo que ocurría a su alrededor.
La historia está inspirada en los recuerdos de su madre, quien durante su infancia vivió junto a su madre —la abuela de Daniela— en la casa de la familia para la que ella trabajaba como empleada doméstica.
“Ella era la hija de la nana”, explica López al referirse a la posición social que marcó la infancia de su madre. Vivir en la casa de los patrones significaba habitar un espacio que no les pertenecía y, al mismo tiempo, establecer vínculos con una familia que terminó siendo parte cotidiana de su vida.
Esa contradicción fue uno de los puntos que despertó el interés de la actriz. La pregunta que comenzó a aparecer durante la investigación fue desde qué lugar se cuentan las historias y, especialmente, qué ocurre con quienes permanecen como testigos de los acontecimientos.
Una historia contada desde quienes observan
Para López, su madre no fue la protagonista de los acontecimientos políticos de aquella época. Fue una niña que observó, escuchó y experimentó las consecuencias de un contexto que no podía comprender completamente.
“Siempre contamos las historias por quiénes son sus protagonistas y no por quiénes son sus testigos”, plantea la actriz.
Desde esa perspectiva, la obra sigue a una niña que escucha conversaciones detrás de las puertas, percibe sonidos de metralletas, tanques y helicópteros y observa los cambios que comienzan a producirse tanto dentro de la casa como en su entorno.
La familia para la que trabajaba su abuela pertenecía a un sector acomodado y de derecha. Esa diferencia social y política atraviesa la historia, pero el montaje no busca convertirla en una reconstrucción histórica convencional.
La mirada está puesta en la experiencia de una niña que todavía no tiene las herramientas para comprender aquello que está ocurriendo.
“Yo sentía que mi mamá siempre fue una testigo de esa casa, una testigo de su propia vida”, explica López.
La obra utiliza además elementos cotidianos de la época —canciones, códigos escolares y recuerdos familiares— para construir una experiencia reconocible, incluso para quienes no vivieron directamente ese período.
La infancia frente a un contexto que no comprende
Uno de los elementos centrales del montaje es precisamente la distancia entre lo que los adultos saben y lo que los niños alcanzan a comprender.
La protagonista observa cómo cambian sus profesores, cómo el director de su colegio es reemplazado y cómo aparecen militares en su entorno. Al mismo tiempo, desde un barrio cercano al Estadio Nacional, los sonidos de tanques y helicópteros pasan a formar parte de su vida cotidiana.
Para López, esa mirada infantil permite aproximarse a la dictadura desde un lugar distinto al relato político tradicional.
“Es una historia muy universal”, sostiene, porque la obra no busca explicar políticamente la dictadura, sino mostrar cómo un contexto político termina transformando la vida de una niña que no participa de esas decisiones.
La memoria aparece así como un territorio incompleto. Parte de los recuerdos de su madre fueron fragmentarios y, precisamente por eso, la autora se permitió incorporar elementos de ficción para llenar aquellos espacios que quedaron sin respuesta.
“Todo desde el principio fue un poco fragmentado”, explica.
Esa fragmentación permitió construir una obra en la que conviven los recuerdos reales, aquello que su madre pudo haber experimentado sin comprenderlo en ese momento y la imaginación de la propia autora.
La imaginación como refugio
En Las voces de mi madre, la imaginación también funciona como una forma de protección frente a una realidad que resulta difícil de procesar.
La protagonista, Mariela, tiene un amigo que parece convertirse en una especie de compañero afectivo. Sin embargo, la obra deja abierta la posibilidad de que ese personaje exista realmente o sea una construcción de su imaginación.
Esa ambigüedad forma parte del lenguaje del montaje y permite abordar la imaginación infantil no solamente como un recurso narrativo, sino también como una forma de sobrevivir emocionalmente a un entorno que la protagonista no comprende.
Para López, ese es uno de los ejes centrales de la obra: cómo los niños y adolescentes pueden recurrir a la imaginación para enfrentar situaciones que exceden su capacidad de comprensión.
El resultado es una obra que cruza memoria familiar, diferencias sociales, infancia y ficción para reconstruir un período histórico desde un lugar menos habitual: el de quienes estaban dentro de la historia, pero no tenían todavía las palabras para entenderla.
Las voces de mi madre se estrenará este sábado 26 de septiembre en el Teatro del Puente y permanecerá en cartelera hasta el 11 de octubre.

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